Las ciudades que mataban a sus ciudadanos.

Si echamos la vista 150 años atrás para contemplar cómo eran nuestras ciudades, es muy probable que pronto empecemos a estremecernos cuando nos expliquen cómo era vivir en una ciudad sin cloacas, donde la gente convivía con todos los desechos y que hoy viajan bajo tierra, sin ser plenamente conscientes de cómo esto afectaba a su salud y la de sus seres queridos. Desde la perspectiva que nos da el tiempo, podemos ver la catástrofe sanitaria que representaba y relacionarlo con las epidemias de cólera que se cobraron millones de víctimas hasta bien entrado el siglo XIX. ¿Cómo podían (nos preguntamos) convivir con esa pestilencia? ¿Cómo toleraban la mala olor, la insalubridad, y el peligro constante de muerte que representaba esa situación? Los peligros de convivir con las aguas residuales se conocían ya a principios del siglo XIX, y sin embargo no fue hasta 1891 cuando Barcelona puso en marcha la construcción del alcantarillado, por poner un ejemplo.

Es muy probable que de aquí a 150 años o menos, las generaciones se hagan las mismas preguntas sobre nosotros y sobre cómo podemos tolerar, aceptar y convivir en nuestras ciudades el tráfico rodado.

A menudo cuando se habla del tráfico rodado y de sus impactos nos referimos a ellos como contaminación atmosférica. Se habla de los gases de efecto invernadero que libera la quema de combustibles fósiles y de otros gases que respiramos y, de alguna manera, todo queda resumido como una amenaza al “medio ambiente”, eso que visitamos en fin de semana, en primavera, y donde podemos dejar libres a nuestros perros. Pero la realidad es que cuando hablamos de los efectos nocivos del tráfico rodado no estamos hablando de un tema ecológico, sino de un problema de salud pública.

La contaminación atmosférica producida por el tráfico contiene diferentes compuestos: los óxidos de nitrógeno (NOx), óxidos de azufre, las partículas sólidas y compuestos aromáticos son los principales y más relevantes. Por supuesto, también produce dióxido de carbono, pero este compuesto es producido por muchísimas otras fuentes y además es asimilable por los organismos, como las plantas. El resto de compuestos, sin embargo, solo se encuentran en las atmósfera por culpa de la actividad humana. Todos estos productos han provado su toxicidad en diversas ocasiones, y son muchos los estudios que establecen relaciones entre los altos niveles de contaminación atmosférica y un riesgo más elevado de asma, cáncer o incluso obesidad infantil.

Los efectos nocivos de convivir con los automóviles no se reducen solo a tener que respirar su emisiones, si no a soportar también el ruido que generan, aumentando los niveles de estres de la población,  y a renunciar al espacio público, lo cual favorece el sedentarismo. Hay que tener en cuenta que, cuando se habla de los peligros para la salud pública, no se habla de la salud de una persona joven, sin patologias, con medios económicos y un iphone en el bolsillo. Todos estos efectos atacan con más fiereza a aquellos sectores de la población más sensibles: niños pequeños, ancianos, personas con problemas de salud crónica o en situaciones económicas precarias. Lamentablemente, aquellos que más dificil lo tienen para expresar sus necesidades.

Número de muertes en todo el planeta relacionadas con la contaminación atmosférica. La mayoria de estas muertes se producen en China y en la India, las regiones con más polución del planeta.

Pero aún hay más, el tráfico rodado dentro de la ciudad no solo envenena el aire que respiramos, también representa un riesgo de accidente para todos los ciudadanos: los que van en vehículo o los que van a pie. El año pasado en barcelona se registraron 9330 accidentes con víctimas de diferente gravedad, y los peatones suelen estar en esa lista mucho más a menudo. Las calles se han convertido, pues en espacios de cierto riesgo, especialmente para los más pequeños, a los que se recluye en casa para protegerlos de, entre otras cosas, los peligros de la carretera.

Pero a parte de tirarle piedras a los coches, ¿a qué viene todo esto? Pues viene a que vemos como cogen fuerza en Europa muchas iniciativas que tienen como objetivo expulsar a los coches de combustibles fósiles de las ciudades. Cuando menos, liberar aquellas zonas más transitadas de tráfico para que el peatón pueda recuperar la calzada para su uso. Un siglo de historia urbanística ha demostrado que aumentar los kilómetros de carretera no hace que el tráfico sea más fluido ni ayuda a la descongestión, sino que hace que el número de conductores aumenta y ocupe todo el espacio disponible, como un gas en un globo. Así que la solución al problema del tráfico está siendo mucho más agresiva y pasa por eliminar caminos, cerrar espacios al tráfico y, en definitiva, hacer que tener meterse en coche por la ciudad sea un infierno.

Este es el area Ultra Low Emissions planeada para ser puesta en marcha en Londres en 2020. Por si os lo preguntais, es tan grande como la ciudad de Barcelona. En este area se aplicaran restricciones a aquellos coches que no sean de emisión cero.

Esto ha provocado que muchos sectores reaccionen contra estas propuestas, especialmente los usuarios de automóviles pero, sobre todo, aquellos que tienen intereses en esta industria. Estos ataques van en diversas direcciones:

Se argumenta que expulsar gran parte del tráfico del centro de las ciudades perjudicará seriamente el comercio. Sin embargo, en las ciudades donde estas medidas se han puesto en marcha, el comercio ha crecido por la sencilla razón de que los ciudadanos han recuperado la ocupación del espacio urbano y, con ello, el acceso a las tiendas.

Otro ataque a estas medidas es que la contaminación de los automóviles no estará en las ciudades pero si fuera de ellas, y por lo tanto solo estaremos moviendo el problema y no solucionandolo. Si habéis leído hasta aquí, imagino que ya sabéis porque este argumento no tiene validez: lo importante de expulsar a los automóviles de la ciudades es que sus habitantes no tengan que convivir con las emisiones de estos, preservando su salud.

Y, por supuesto, llegamos al peliagudo asunto de las alternativas al transporte privado: el transporte público. Los estudios realizados sobre este tema han destacado relaciones directas entre la disminución del uso de automóviles y la existencia en las ciudades de un sistema de transporte público eficaz, de forma nada sorprendente. Y esta infraestructura todavia no esta realizada en algunas de las ciudades más importantes, lo cual provoca la demanda de un sistema de transporte público eficaz antes de la expulsión de los coches urbanos. Pero esto no va a pasar.

La evolución de las ciudades de Europa lleva una dirección muy clara y ya vamos tarde. La expulsión de los coches va a ser cada vez más evidente y, si tenemos suerte, se hará en paralelo al desarrollo y mejora de los sistemas de transporte público.

Estos cambios van a dar forma a las ciudades y también a la vida de sus habitantes. Desde nuestro punto de vista puede parecer que los cambios son demasiado drásticos o costosos como para que valgan la pena, y no faltarán detractores que afirmen que son cambios inútiles, o que la salud de los ciudadanos está bien como está. ¿Pero acaso alguno de ellos renunciaría, 150 años después a disfrutar de las cloacas?

Anuncios

¿Tienes algo que decir? Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s