Relato científico: “Una mañana que cambió el mundo”

Ha vuelto a caer enfermo otra vez. Pudiese pensar usted que es mala suerte o azar, pero es necesario recordar que ya en junio de 1834 tuvo unas importantes fiebres en Argentina, y que un año antes, a mediados de octubre, sufriría lo que comúnmente se denomina, mal de mar. Un mal bastante típico para las personas que, como él, no eran marineros ni estaban acostumbrados al gran océano y sus consecuencias. Todo en esta vida conlleva un cierto sacrificio, y una expedición de tal envergadura, no iba a ser menos. Aunque seguramente nuestro protagonista era consciente en parte de todos los peligros y azares a los que se podría encontrar.

El agua cubría desde hacía días todo el horizonte, aunque no pudiese comprobarlo con sus propios ojos. El viento retumbaba constantemente contra el camarote, mostrando una fuerza y una soberbia inigualables, el viento mismo lo sabe. Era la señal inequívoca de que no se trataba de un sueño, y que al viaje (al que por lo cierto, aún le quedaba bastante) seguía adelante.

book-1659717_960_720Cuando uno pasa tanto tiempo sin poder moverse, su consuelo está aquellas actividades que se pueden realizar sin demasiado esfuerzo físico, principalmente en las letras y los libros de texto. Y como científico, su “deber” era aprender y crecer por dentro. Su “misión” era ser curioso. El conocimiento nunca es suficiente y, aunque quizás se trate de un axioma con connotaciones positivas y negativas al mismo tiempo, la realidad es la siguiente: el ser humano nunca llegará  a comprender todo aquello que le rodea.

Aun así, en ese afán de crecer cada vez más, es el que ha permitido grandes avances. Es gracias a ese esfuerzo realizado por gente de todas las nacionalidades, sexos e ideologías que hemos llegado a entender cada vez mejor el mundo, su naturaleza y la vida que hay en él. Es la forma que tiene nuestra especie de crecer y avanzar, y aquello que nos distingue (si es que hay distinción) entre el resto de los animales. Más bien deberíamos matizar esta expresión, ya que se ha observado en algunas especies de alta inteligencia (véanse como ejemplo los cuerbos o los grandes simios), la capacidad de experimentar nuevas respuestas hacia un problema nuevo.

Pero sigamos con la historia principal y no nos andemos por las ramas, y es que esto se trata de un breve relato y le estoy entreteniendo con otras cuestiones trascendentales. Pido disculpas de antemano y le sugiero que volvamos a nuestra historia…

Nuestro paciente (un poco impaciente, quizás) oyó el sonido de la puerta y hizo pasar a su compañero. Llegaba puntual, como cada mañana, dispuesto a destinar un poco de su tiempo y palabras en él. El visitante se acercó lentamente al interior del receptáculo mientras sostenía un gran libro entre sus dos manos. Mantenía la mirada fija al enfermo, que le respondió a esa misma mirada con una sonrisa inexpresiva y un asentimiento.

  • Principios de Geología, de Charles Lyell – dijo el señor Fitzroy mientras le acercaba el libro y lo situaba delicadamente en la mesita que había junto al lado- Sí, sin duda un gran libro y una mejor lectura. ¿Cumple esto con las expectativas?
  • Gracias.  Parece interesante, Señor Fitzroy. Gracias por acordarse de mi petición y haberme traído unos de sus volúmenes personales
  • No hay de que. Pero…¿Cómo se siente? ¿Se encuentra mejor? ¿Ha notado mejoría alguna? Lleva usted mucho tiempo en cama y la verdad es que me preocupa lo suficiente como para quitarme parte de mi sueño.
  • Mejoro poco a poco, pero sin pausa. Espero que dentro de poco, pueda reincorporarme a la tripulación y trabajar con normalidad
  • Para eso no hace falta que corra demasiado. Lo primero es lo primero, y es la salud. Debe usted cuidarse y rehacer fuerzas.
  • No se preocupe tanto, señor Fitzroy. Al ritmo que se desarrollan los sucesos y con la leve mejoría que noto día a día, en poco tiempo podré hacerle yo una visita a usted e intercambiaremos nuestros roles. Entonces seré yo quien le preste mis libros.
  • Eso son grandes noticias, sin duda. De todas formas, creo que este libro le gustará mientras tanto, señor Darwin.

Y Charles se incorporó a duras penas, observando las gastadas letras de la portada. Un libro que le ayudaría a entender parte de la formación del mundo. Pero no sólo eso, y es que, aunque el segundo de los libros de Lyell tendría connotaciones claramente antievolucionistas, Darwin iría mucho más allá y formularía ideas muy diferentes a las que había leído, siendo creador, junto con Wallace, de la teoría de la evolución.

El Beagle ondeaba aquella mañana con orgullo sobre las azules aguas, una expedición que formaría parte de nuestra historia. Debemos entender la importancia del legado de Darwin y Wallace, con quien llegó a intercambiar correspondencia. Y más teniendo en cuenta su contexto. Una situación social religiosa en la que proclamar sentencias cómo las que el hombre viene del mono (una realidad que es bastante más compleja) suponía una gran blasfemia y le acarreó a Darwin burlas y mofas. Hoy en día se trata, sin embargo, de uno de los pilares de la biología.

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